17.4.13

Con el tiempo

De chiquito, yo me subía a su cama y veíamos alguna telenovela. Mi papá esperaba, solo, en el comedor: leía un libro, miraba la tele o hacía dibujitos en un pedazo de papel que hubiera quedado suelto. No nos interrumpía. En esa época no teníamos televisión por cable, así que podían verse solamente cuatro canales. Papá siempre veía el programa de Bernardo Neustadt a quien insultaba durante toda la transmisión. Yo lo sabía porque un día lo había espiado. Se sentaba a veinte centímetros del televisor y le discutía al periodista cada uno de sus argumentos. Me parece que a veces no sabía de qué estaba hablando, entonces se la agarraba con su persona: “¡¿Vos venís a hablar de respeto, hijo de puta?!”. En otras ocasiones, ya casi besando el cristal del aparato, le enrostraba su pasado: “¡Yo no me olvido de cuando le festejabas los chistes a Videla!”.

Mamá y yo teníamos nuestra propia galaxia: era en su habitación, donde mirábamos “Por Siempre Mujercitas”, una serie que tenía seguidoras empedernidas de su edad pero que en la escuela nadie conocía. Recuerdo el capítulo en que Carla, la enfermera mala de la serie, le inyectó una dosis de morfina menor a la indicada a un paciente que había tenido un accidente doméstico. El señor se despertaba a cada rato y gritaba del dolor. Carla lo miraba desde la puerta de la habitación sin que el paciente la notara, y, mala como era, no intervenía. Ese día mamá no comentó nada, aunque, podía verlo en la rigidez de su boca –en ese gesto de bronca reconcentrado que tantas veces le vi cuando se enojaba conmigo–, reprobaba con ferocidad las actitudes de Carla.

Con el tiempo, aprendí que mi hermano y yo habíamos sido para nuestra mamá una oportunidad de corregir el rumbo de una vida insatisfecha. Llegamos al límite de las posibilidades, como un gol que se hace sobre la hora. En cambio, nunca supe bien qué fuimos para papá. Él ya tenía dos hijos y, con nosotros, se trataba simplemente de repetir la experiencia. Hay que ser justos: para las cosas importantes, él siempre estaba. Si en la escuela organizaban una reunión de padres, él iba; si me lastimaba el tobillo jugando al fútbol, me pasaba a buscar y me llevaba a la guardia; si me iba mal en la escuela, se sentaba conmigo y me enseñaba. Estaba en mis cumpleaños. No puede decirse que no cumpliera, pero uno, a un padre, le exige más: le pide entusiasmo. Uno quisiera que fuera el más bobo de todos los padres. Desearía que, de bebé, le hubiesen hecho todas las morisquetas (uno no lo recuerda, pero tiene la certeza de que no se las hicieron).

En casa, los besos, los abrazos, incluso las palmadas, se daban a destiempo. Eran arrebatos de gente que no sabía muy bien qué hacer con sus cuerpos. Los niños éramos tratados como adultos pequeños, y reinaba el desencanto. Si se besaban, mamá y papá, lo hacían como en broma. Necesitaban una excusa para asaltarse.

No me pedían que levantara los platos, ni que saludara a la abuela ni que hiciera la tarea del colegio. A su modo, mamá me daba a entender que debía saludarla cada mañana y que debía anotar quién la llamaba por teléfono. Si me olvidaba de hacerlo, su reacción era desmesurada, duradera y, a los ojos de un chico menor de diez años, parecía definitiva. Sus brotes eran memorables y dejaban en nuestros estados de ánimo la huella que un fierro caliente deja en el lomo de un animal. Quedaba una herida latiendo. Me gritaba y traía a cuento cosas malas que yo había hecho hacía mucho tiempo; cosas que yo no recordaba, pero, confiaba en ella, pues era mi mamá, había cometido. Los labios se le volvían finitos y tensos y se aferraban a sus dientes inferiores. La cara se le ponía de un color rojo tragedia y sus mejillas quedaban incendiadas. De tanto comerse las uñas, se le veía la carne viva de los dedos. También se comía esa carne. El aleteo de sus pestañas, en una cara llena de tics, parecía ingobernable.

Papá tenía sus rayes, pero se los guardaba para él –algo que aprendí a agradecerle–. En relación con nuestra crianza, ninguno de mis padres era un delirante. Más allá de sus temperamentos personales, sabían que lo importante era actuar con espíritu de cuerpo: transmitir coherencia entre los integrantes. En ese sentido, su pareja era una roca. Con su apoyo o su indiferencia, papá hacía parecer razonables los estallidos de mamá. Dejar que ella hiciera era tal vez su forma de hacerme notar que, pequeño o grande, yo había cometido un error que debía registrar y del que debía aprender. O, quizás, no había en su connivencia otro propósito que el de minimizar las asperezas entre ellos. Era más fácil estar de su lado.

A veces, las escenas de “Por Siempre Mujercitas” eran pasatistas y con mamá nos relajábamos. El casamiento de Rubén y Milagros, los protagonistas de la telenovela, lo celebramos más que la propia boda de mis padres, que, según me dijeron ellos, había sido un trámite administrativo. Yo tenía cinco años el día que hicieron ese trámite. Mamá se casaba por primera vez, a sus cuarenta y cuatro años, mientras que papá ya se había casado antes, con otra mujer, que le había negado el divorcio durante muchísimos años. Mamá explicó que ahora éramos una familia.

El día de la boda de Rubén y Milagros, me citó en la habitación cinco minutos antes de que empezara el programa, y comentó: “A ver si estos dos se deciden a ser felices de una buena vez”. Mi expectativa era grande. Recuerdo esa noche porque mamá me dejó comer caramelos en la cama y porque lloró en la escena en que Rubén le puso el anillo en el dedo a Milagros. No fue el llanto habitual, desbocado, que la asaltaba cuando peleaba con papá. Esa noche las lágrimas le bajaban muy despacio y no eran acompañadas por ninguna expresión (cuando se peleaba, en cambio, salían a los tropezones y eran seguidas por los peores gestos). Sus ojos estaban atentos a lo que sucedía en la pantalla. La cara no decía nada en particular: podría haber estado pidiendo comida por teléfono. Yo no quería mirarla para no interrumpir. Rubén y Milagros se besaron y juraron que se acompañarían. Me sentí triste como nunca. No aguanté más y giré de costado para mirarla; me hubiese gustado que me explicara por qué estábamos tan tristes. Que me dijera qué estaba pasando. Ella dejó caer su cuerpo hacia adelante hasta quedar casi mirando el techo. Tanteó con una mano la colcha y fue agarrando los envoltorios de los caramelos, que habían quedado desparramados. Los puso en mi mano, en un montoncito, y me dijo: “Andá, tiralos al tacho y decile a papá que me voy a dormir”.

7.7.12

Hace más de un año que no publico. Me metí para adentro. Mal. No compartí texto con nadie. Bueno, sí, en el taller de escritura. Regulado. Me puse a trabajar en negocios. Gané algo de plata para tener meses holgados. Me llaman del banco para que pague la cuenta corriente. Comisión paquete de mantenimiento. Veo los deseos de 2011 y los hice un poco ese año y un poco este otro. Me faltan un montón. Algunos ya no los haré. Pensé en volver. Con insistencia. No lo pude evitar. Gané en estabilidad. Emociones enfrascadas, iguales. Planteé escenarios y los aceleré. Un poco hubo.

Este blog fue un paso que ya di. Ahora solo entré a chusmear y a hacer tiempo.

Me gusta más escribir que leer.

12.2.11

pausita

se acabó
por un rato
esta fiesta íntima
que se volvió muy compartida
con más testigos de lo aconsejable
le seguiré dando al cuaderno
ya no pasan tanto unas cosas
y pasan otras viejas-nuevas
ya salí al sol, ahora a bucear por dentro
un rato largo

14.1.11

Ideas sobre la improvisación #2

Improvisar es un monólogo de uno, una provocación a sí mismo, un maremoto aparentemente inconexo que ordena las piezas sobre la marcha.

Improvisar es para cualquiera que acepte el desafío.


Es aconsejable tener el cuerpo suelto, gestualidad gomosa o distraída.

Las manos pequeñas, flexibles absolutamente todas las articulaciones (estoy pensando en las muñecas de Liji).

También, para improvisar, hay que estar muy atento. Mandarse sin más, intervenir la orquesta cuando se vea el hueco. Sin recaudos, pero con los segundos contados.

Un exceso improvisativo puede quitarle sustancia a la obra, cuyo contorno debe ser lo único a respetar (estoy hablando, por ejemplo, de música).

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12.1.11

Ideas sobre la improvisación #1

Para improvisar hay que olvidarse de uno.

En el momento de la improvisación no cabe reflexión alguna.

Un síntoma de haberse entregado a la improvisación es no recordar en absoluto su contenido (sólo queda la sensación eléctrica del momento presente vivido a pleno).

Para el que no improvisa, nunca es la primera vez. Nunca se sorprende.


¿Qué es enemigo de la improvisación?

Anticipar el escenario.

Pensar el contexto.

Visualizar posibles errores sucediendo.

Recordar la reprobación del otro en situaciones supuestamente similares a las que se están por desarrollar. 

¿Qué facilita la improvisación?

Sentir el cuerpo bien gravitado, que es igual a la confianza

Explotar el lado peculiar o maldito

Desarrollar la cualidad de no tenerle miedo al silencio o al vacío de voces
 
Estaría bueno que Divino Reusch, el Pianista del Cine Mudo y otros improvisadores de fuste aporten su decálogo

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10.1.11

ojala


Hay una forma de hacer psicoanálisis que a mí no me sirve. Básicamente consiste en vomitarle al terapeuta todo el tóxico acumulado y quedarse en un regodeo perverso de broncas y llantos donde uno se hace el pobrecito y decide situarse, casi sin darse cuenta, en una posición de inmovilidad: desde ese refugio verifica que pasar a la acción que lleva a los cambios no es un buen negocio; se arma un discursito escéptico, de distanciamiento, y reposa en la hamaca de la invalidez.

Lamentarse no es el problema en sí mismo. El inconveniente de este modo de transcurrir la terapia comienza cuando el quejido se transforma en una paja eterna de autocompasión: ¡ay, pobre de mí! es la exclamación – el pobre enfermito se las arregla para ser el centro de todas las miradas.


Falta de talento, familia neurótica: ¡latigazo! Fealdad, mala suerte, mala genética: ¡latigazo otra vez! Como víctimas, desde una posición miedosa, azuzamos enemigos que nos paralizan y nos sacan el peso de responsabilizarnos de nuestro crecimiento. Desentenderse de tomar las riendas del desarrollo propio alivia como el chupete al niño eternamente cobijado. Crecer, en cambio, requiere mirarse desde afuera de forma implacable, con ternura pero sin piedad.

Para convertirse en persona hay que dejar atrás mucho lastre. A veces hay que escapar de situaciones en las que uno se ve obligado a decir que no constantemente.

A pesar de ciertos terapeutas, el intercambio verbal, llegado un punto, no sirve para nada: es una excusa para evitar afrontar los retos, es hacer gimnasia con la lengua sin avanzar un solo centímetro. Estos psicoanalistas no conciben otra salida que la de la concordancia entre las partes. Veneran al dios del diálogo y entienden la vida como una sucesión de etapas de transición, donde la ruptura es siempre apresuramiento o inmadurez y nunca un gesto de salud mental.

Hay una opción que grita: salta, y después piensa todo lo que quieras. La otra opción susurra lo opuesto: piensa hasta el último detalle, y una vez que estés seguro salta. Yo abogo por la primera. Defiendo el escapar como sea, como se pueda, de las situaciones artificiales. Me lo enseñó el payaso lisérgico. A sus palabras sabias agrego que la acción violenta espontánea, si sirve para respirar, es una herramienta válida de crecimiento. Aunque este camino implique cortar ciertos cordones a mordiscazos.

Notas relacionadas:

4.1.11

Frigidez creativa


Se le atribuye a Roberto Arlt la frase “el futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”. Es una linda consigna, tranquiliza: no se trata de ser bueno sino de insistir hasta el hartazgo.

Yo creo en esa proclama. Suscribo a la idea de que existe una conexión entre la prepotencia –entendida libremente como repetición incesante- y la calidad. Entiendo que una tarea manantial y sistemática deviene de algún modo en expresión refinada. La otra parte de la frase -si el futuro es nuestro o de otro- me tiene sin cuidado.


Mi ídolo Rozitchner habla de la gente que padece bloqueos creativos. Híper exigentes, a estas personas les cuesta empezar a escribir, pintar o tocar. La solución que él plantea es la de desplazar la exigencia desde la calidad hacia la cantidad. El único compromiso, dice, debe ser el de la producción abundante, sin excusas ni feriados. Acercarse a la calidad a través de una obstinación cuantiosa. Rodearla. Acumular miles de millas de práctica.

Se trata de soltar la mano para que la fluidez encuentre su sitio. Tomar de rehén a la pureza, abrirse camino de a cien machetazos.

En este proceso de avasallamiento productivo la inteligencia crítica es el principal obstáculo. Es un recurso a utilizar luego, cuando haya que seleccionar el material disponible, pero hasta ese entonces es preferible tenerlo bien lejos. Fuera de aquí con tus sermones. No quiero un dique para este río.

Declarar en huelga al corrector es requisito para dar un paso adelante en la tarea creativa. Despreciar la calidad para ganarla, agregaría Rozitchner. Si uno ablanda el terreno y hace espacio, las ideas empiezan a caer como lemmings: aparecen por todos lados y se esparcen. Al producir material abundante mil ideas surgen listas para salir al ruedo. Es de esa exuberancia que la calidad se nutre.

Si el músico compone fragmentitos todos los días, durante un año, tendrá sus 12 buenas canciones más pronto que tarde. Lo mismo sucede con el pintor y sus cuadros; con el alfarero y sus vasijas.

Así como no hay parálisis creativa que resista el cascoteo incesante del deseo trabajado tampoco hay belleza que no nazca de un querer insistente y disciplinado.

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29.12.10

23 deseos 2011


Quiero…

Enamorarme de 3 nuevos músicos

Aprender a tocar el saxo

Huir de la pentatónica

Enterrar para siempre Perro Bulldog, mi hit adolescente

Ser un buen meditador

Aprender a componer

Ponerle letra a una canción ajena

Aprender a cocinar 3 platos elaborados

No pensar en volver

Traer a los que valgan la pena, a los imprescindibles

Leer mucho sobre budismo

Encontrar mis refugios ciudadanos

Hacer mi casa acogedora

Meterme en una zapada e improvisar

Creerme la del sahumerio

Ganar plata para no tener que limpiar

Encontrar a la gente indicada

Hacer acá lo que me gustaba allá

Buscar un poco menos y valorar un poco más

Ser un tío (uncle) copado

Ver más seguido a los buenos

Sacar con la guitarra una canción completa de oído

Que Spinetta me dé un beso en la frente


Inspirado en: Eterna Cadencia

14.12.10

La improvisación - Entrevista con Divino Reusch | Parte II

La divinidad de Reusch, el payaso lisérgico, no radica simplemente en su nombre de pila. Envalontonado por el cariz favorable que tomaba la entrevista (pueden ver la primera parte haciendo click en el anterior link) comenzó a imponer una condición: la de alternar reflexión con PNT. Machacó durante la hora y media que duró la charla con el nombre de la marca de jamones que lo auspicia. Sin ton ni son, sin ritmo ni swing, el tipo se empecinó en meter su chivo a destiempo. ¿Habrá logrado derribar murallas insondables? Continuemos con sus disquisiciones sobre la improvisación.


FRASE DESTACADA: ¿Podemos terminar la entrevista así vamos a un lugar más fresco?

¿Hasta qué punto el exceso en la preparación puede atentar contra una buena improvisación?
Depende de la forma en que te prepares.

¿Hay una forma de que, si uno se empieza a sobrecargar de…
¿Si hay una forma de prepararse mal? Sí.

¿Cuál es?
Empezar a planear lo que debe ser por encima de lo que es o de lo que va a ser. Lo único que no podés predecir es cómo va a ser. Si le ponés un deber ser, en el fondo es una forma de ser que estás esperando que sea. En una improvisación interactuada, sea con otro o con el público, siempre tenés que estar abierto a que no te agarre mal parado. Es como en el fútbol. Si desde que sacás del arco vas a estar pensando en ponerle al 9 un pase en cortada, posiblemente la jugada sea muy evidente. En cambio, si vas viendo si conviene dársela al 7 o al 9, y de repente metés el pase justo…

¿Creés importante evidenciar ante el público la vulnerabilidad de estar actuando sin guión?
No. Depende. Cada improvisador tiene un personaje montado que tiene que ver con su yo interior. Si ese yo interior está planteado como el de uno que nunca se equivoca, que es invulnerable, su actuación va a tratar sobre eso y estará bien que así sea. También puede ser que la persona haga cómplice al público de que tiene un mal día… Uno genera las situaciones y éstas demandan una forma de actuar que no es única pero que les queda natural. Si la situación se desenvuelve naturalmente, siempre va bien. Todo lo que no es artificioso va bien.

¿Cómo te das cuenta de eso?
Tenés que ver cómo lo sentís en el momento: qué miradas hay del otro lado, qué es lo que querés generar. Depende de muchos factores. La base de la improvisación es la inteligencia práctica.

Contame un poco cómo es eso
No se trata de la misma inteligencia que requiere escribir una buena obra, planear una buena clase o una buena entrevista laboral. La base de la inteligencia práctica es poder ser lo que uno quiere ser y, al mismo tiempo, lo que el otro quiere que seas, en el momento en que la situación lo demanda. Se trata de poder leer lo que la situación quiere o necesita. Y para eso hay que saber mirar los distintos factores que intervienen. Saber leer a través de los elementos que te arroja la realidad. Después podés o no ser un buen representador de lo que debe ser, podés, en una obra, quedar chico o quedar bien de movimiento. Cuanto más inteligente sos, más podés percibir la cara con la que te está mirando la persona del público.

Puede haber una tensión entre lo que querés desarrollar y lo que el otro espera de vos
No importa. Vos sos lo que sos. Salvo que seas un eunuco que quiere hacer lo que el otro espera. Vos sos lo que sos, pero el otro espera lo que sos vos.

¿Cuáles son las señales que, en medio de la improvisación, te dan la pauta de que lo estás haciendo bien?
La señal es la comodidad de la situación. Uno siente cuando se da con naturalidad. Pasa con otras cosas. Cuando una persona te está ocultando algo, la situación se empieza a hacer innatural. Y lo sabés por eso, no por otra cosa. Cuando te llevás mal con alguien, hables o estés en silencio vas a sentir una rispidez. Hay que hacerle caso a la sensibilidad de uno.

¿Creés que la sensibilidad, el sentido interno, a veces están un poco solapados por otro tipo de aprobaciones que uno busca?
No lo sé. Esa también es una forma de sensibilidad, son también formas de sentir. No es la que uno más le gusta, a uno le pueden parecer impropias, pero es una forma de sensibilidad. ¿Podemos terminar así vamos a un lugar más fresco?

Dame 5 minutos más.
Es que me encajaste una entrevista. Yo podría hacerla mucho más lúdicamente, pero tendría que tomar 3 birras más.

Reusch, a mí me interesa este estado. Después le sumamos el otro.
Estás haciendo lo que yo te dije que iba a hacer alguna vez: ir escribiendo narraciones de borracho, ¿te acordás?

No
En el fondo, todas tus grandes ideas tienen parte de las mías. Pero no son plagios, porque las hemos compartido cuando éramos chicos. Cuando uno es chico tiene grandes ideas, que no las hace porque le faltan cosas.

Ahora tal vez tenemos esas cosas pero nos falta tiempo para concretarlas. O huevos.
Creo que ahora es cuando hay que concretarlas. Ahora tenés todo. Si te faltan huevos es un problema tuyo, pero por lo menos que las concretes no depende de tu papá o de cualquier otra cosa.

Creo que voy a desgrabar la conversación y ponerla en el blog. La voy a titular “Conversaciones taciturnas”.
Poné “Conversaciones entre Adolfo y Adolfito”. O Reusch, la marca de guantes… ¿En serio la vas a poner en el blog? ¿Por qué no ponés algo más rico? Me dijiste que estabas haciendo un estudio sobre la emancipación del buitre.

Sobre la improvisación. Y quisiera volver a eso. ¿De qué pequeñas formaciones, ejercicios  o prácticas te nutrís para la actividad improvisativa?
Para empezar, yo todas las mañanas tomaba leche fortificada de La Vascongada.

Reusch, no quiero la respuesta Capusotto.
Me voy a levantar, Adolfo…

Tengo entendido que practicaste clown. Me gustaría preguntarte…

El entrevistado se escapa por los pasillos de la casa. Enfila enfurruñado hacia la pileta pelopincho del patio. El entrevistador lo escolta. La voz se pierde en un fade out.
“¿Ves?”, espeta Reusch, “en este momento no estás pudiendo improvisar la entrevista, porque me estás persiguiendo con un micrófono”.

Porque te estás rajando. Me gustaría que te des cuenta de que no te vas a convertir en Pappo por reaccionar como Pappo.
¿Querés que te lo diga con todas las letras?

Y profiere contundente y en mayúsculas el nombre de la marca de jamones que lo patrocina. SADIA.

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Espiado de celular en el colectivo 168 - 08:40am

No se si estaras despierta pero te escribo para decirte que te AMO CON LOCURA y que sos mi SEÑORA.
Hombre, 28-30 años.

Título para España: Espiado de móvil en el bus 168 - 08:40am

12.12.10

parece un film de carlitos chaplin

Publico este texto para no escribir el otro. Me prometí periodicidad. Los otros fragmentos esperan esparcidos en el documento de Word, párrafo tras párrafo, bodoques delgados e intercambiables.

No hay obstáculo más grande para avanzar que la resaca de un asado suculento. La sangre transita incómoda, la panza se desgrasa hacia los costados. La concentración pende de un hilo. Cualquier estímulo es bueno para desviar la mirada. En este estado perezoso hasta la final del campeonato local de fútbol cobra importancia.

Seguro que sale campeón Vélez.

Cuando tenía cuatro años tiraba vigas de hierro desde el balcón de mi casa. Me lo acaba de recordar mi vieja. Un día perforé el toldo de la farmacia de abajo. También tiraba almohadonazos a los pelados.

El otro día volvía del laburo en el colectivo y me quedé dormido de pie. El conductor agarró un pozo en Alvarez Thomas y se me doblaron las rodillas. Me pasaba lo mismo en las fiestas del Buenos Aires.

Encontré el diagnóstico del test vocacional donde descubrí mi daltonismo. Periodista, publicista, escenógrafo, economista. Música lo pusieron como hobby, qué bronca.

Se me ocurre una performance. Plantarme en bolas en la peatonal Florida tocando la guitarra, el saxofón y cantando un tema de Pappo. Una réplica en gigantografía del resultado del test. La gente se acerca con punzones y la va perforando. La estocada final la doy yo con un tridente. Se cierra el telón. "Sucio y desprolijo" suena de fondo.

En el Mundial de 1994 me compré un bandera argentina de las que llevan el sol en el medio. Guerrera. Perdimos en octavos. La bandera me acompañó también en las derrotas de 1998 y 2002. Le eché la culpa. Antes de que la selección de Bielsa empezará su travesía en Corea Japón la puse en la parrilla (a la bandera) y la prendí fuego. La mufa se intensificó. Nos fuimos a casa en la primera ronda.

Tengo que volver al Word.

10.12.10

La improvisación - Entrevista con Divino Reusch | Parte I


Divino Reusch es un títere encinto, un jinete intergaláctico de la improvisación. Cabalgó las técnicas del clown y el descaro, propuso su arte y fue abucheado y celebrado por el mismo público durante la misma función. Es de esos tipos que invitan al chori y al disparate. De lengua filosa y áspera como gato que no termina de acostumbrarse a mudanza, Divino habla con la cara y transmite con la barriga. Es un vino asentado de una época que está por llegar. Maestro de escuela, jardinero de casas, un curioso que entre rama y alumno va montando un escenario. Aquí, Divino, en su posada de Paternal, nos deja sus reflexiones sobre el arte improvisativo.


PRIMERA PARTE

El otro día estaba leyendo un libro de entrevistas a Al Pacino. El tipo, al que uno lo ve como alguien medio histriónico, pizpireta, pero no como un artista muy formado –aunque en las entrevistas se esforzaba por demostrar que podía decir algo reflexivo…
¿Vos decís formado de musculoso?

Sí, no me pareció un Ken… Volviendo al tema. Al decía que para improvisar uno tenía que tener un bagaje formativo importante. Esto, por lo que vos me comentabas hace un rato, es falso. Según tus palabras, la improvisación tendría más que ver con una actitud descarada o de valentía que de preparación. Me gustaría que me lo aclararas.
En la improvisación todos los caracteres sincrónicos tienen que ser ensayados o planeados. Pero todo lo que pase en escena tiene que improvisarse. Por eso se llama improvisación. Guinzburg decía: yo preparo todo el programa para que después, cuando se prenda la cámara, no recurrir a un guión. Él estudiaba la vida del personaje a entrevistar durante horas para que cuando se sentara frente a él pudiera improvisar mejores preguntas. No se puede improvisar desde la nada pero tampoco se puede planificar una improvisación.

En la entrevista lo ideal es saber lo máximo posible del entrevistado, pero al mismo tiempo mantener la frescura en la interacción.
Es lo mismo. Vos investigás al entrevistado para después sentarte y estar atento a lo que pueda pasar. Eso es la improvisación.

Llevamelo al plano actoral o clownesco
.
Tenés que tener toda la escena pensada, o los elementos dispuestos, para después poder improvisar y tener a mano lo que necesitás.


¿En el momento de la improvisación hasta qué punto estás dispuesto a romper la estructura que previamente planteaste?
Es que no hay una estructura que marque lo que debe ser. Hay una estructura de cosas en el aire volando, flotando; pero están flotando, están quietas. Es como un juego de aventura gráfica: mirás el presunto bolso del personaje y podés llegar a tener hasta 20 herramientas: un yunque, 200 metros de cable, cosas ilógicas. Del mismo modo, cuando improvisás tenés herramientas a mano. Y pasa lo mismo cuando preparás una clase. Yo las preparo un montón. Primero armo el tema, y me pregunto: ¿qué voy a dar? Esto. ¿Qué van a leer? Esto. Perfecto, ya está. Ese material yo ya lo leí en algún momento. Después armo el pizarrón, que es lo más importante en una clase: es todo lo que el pibe va a copiar en su carpeta y va a recordar como escrito. Una vez que hice todo eso, no me pregunto si voy a decir “hola, vamos a empezar con Platón” o si voy a hacer un rap de Platón. No me preocupa. Sé que Platón va a estar y que el pizarrón va a ser de determinada manera. A partir de eso yo voy a decir las cosas que diga.

Comentaste que en medio de la improvisación a uno se le van apareciendo en el aire recursos de los cuales valerse. ¿Qué es lo que te dicta qué agarrar, en qué basarte?

La intuición sobre la situación. Cada persona tiene su humor, y en un show aprovecha unos elementos y otros no. En la música pasa lo mismo. Tal vez el público piensa que el solo de un músico va a ir para un lado, y éste al final termina arrancando para el otro… Puede salir genial, bien o mal. Lo importante es saber que no hay una sola forma de que las cosas salgan bien.

ESPERE LA SEGUNDA ENTREGA. NO TIENE MUCHOS DESPERDICIOS.

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5.12.10

El día que iluminé a mi hermano

No creo que a nadie vaya a interesarle, pero hoy les quiero contar cómo nació la relación de mi hermano Martín con la lectura.

A principios de la década de 1990, tendría él 8 años y yo 6, lo estaba persiguiendo por el jardín de la casa. Me había hecho alguna maldad, seguramente puesto chinches adentro de la zapatilla o quitado el asiento del karting.

Carrera loca, él cagándose de risa, yo hinchado de bronca, los ojos acuosos de odio del Beto Alonso en las mesas de Niembro. Se metió en el baño del fondo, y cerró tras de sí la puerta de lata. Sujetó la manija hacia arriba con todas sus fuerzas. Yo martillaba el picaporte a puñetazos pero no lograba destrabar la cerradura. Entonces tomé una decisión que en su momento me pareció inteligente. Saqué la llave de la puerta del cuarto de herramientas, y la usé para cerrar la del baño. Funcionó. Martín quedó atrapado en un rinconcito de 3 metros por 2.

Cuando empezaba a arreciarle la fobia, me ordenó que le abriera, haciendo valer la autoridad que en esa etapa de la vida representa ser dos años y tres meses mayor que un hermano. La llave había quedado puesta. Cuando la quise girar para sacarlo me di cuenta de que sería imposible. Había resultado la idónea para encerrarlo pero no para dejarlo salir. El baño del fondo se convirtió por 5 horas en su jaula con inodoro y lavabo.

Era martes, mis viejos estaban trabajando, no sé quién había quedado a cargo de nosotros. Seguramente estábamos de vacaciones, porque no era un día de escuela. Llamaron a mi viejo, que llegó hecho un villano. Una puteada de Luis puede hacer que los All Blacks interrumpan su haka. Imagínense cuando largó la primera renegada; yo ya era un llanto desconsolado.

Cortafierros, llave inglesa, motoniveladora. A todo recurrió ese hombre mitad de traje mitad de campo que siempre fue mi viejo. Las rodillas al suelo dándose maña. Una imagen graciosa o tierna, en ese momento mi papá tenía una disputa personal con una puerta; mientras, mi vieja me consolaba. El tiempo pasaba y no había forma de hacer salir a mi hermano.

De pronto, algo mágico ocurrió en la cabeza de papá, yo lo vi, un destello creativo, un guiño de hombre a su infancia: se acordó de las historietas Patoruzito, que tanto habían alegrado su adolescencia. En ese momento tuvo la certeza de que serían el mejor antídoto para calmar a la criatura asustada en que se había convertido el pequeño Martín. Caminó las tres cuadras hasta el quiosco de revistas de Federico Lacroze y volvió con un pilón debajo de la axila. Patoruzú y Patoruzito, Isidoro Cañones, Lupín, un festival de viñetas y palabras. Se las pasó a su hijito por debajo de la puerta.

Como si en realidad le hubieran alcanzado el joystick de la family game, Martín hizo un silencio sagrado. No volvió a hablar hasta que a eso de las 8 de la noche mi papá logró destrabar la puerta. Si te tengo que contar lo que me parece, salir, a esa altura, le daba lo mismo: el Cabezón ya hacía un buen rato que estaba liberado.

Parecidos:

30.11.10

así alsur hayún lugar


La casa debería ser un lugar sagrado, la expresión religiosa de sus habitantes.

La casa es el principio de todo, cimientos de espiritualidad y entusiasmo. Punto de partida de un día que valga la penga. Refugio donde reponer energías a la vuelta. La casa es el espacio a cuidar y a tener en cuenta. La calle interna de todos nuestros quereres.



En la casa religiosa la comunicación es atmosférica, las cosas fluyen y se transmiten por gestos, la espontaneidad es un valor que se coloca en un altar. Esta casa no es de dios sino de todos los que en ella transitan. De día es movimiento y de noche circula quietud. No hay ofrendas ni oro ni bancos dados vuelta. Hay dos o tres hippies y una actitud genuina de sorpresa. También hay tele, como punto de reunión. Pero no aliena, tranquilos, es una más en la charla.

En la casa magnética las velas se encienden para celebrar. Pueden ser de las largas o de las chatitas redondas.

Cuando se corta la luz, todos se acuestan boca arriba en el suelo. Los adornos son de cera, vidrio y cartón pintado. La casa está llena de fotos, la pared es un álbum que se renueva a diario. Los marcos, cosidos a mano o a máquina

Las cartas que llegan a la casa encendida nunca contienen números, pastillas ni plata. Los bordes son flecos garabateados de risa. Toda una ilusión de regalería.

En esta casa ya no aparece nada fruncido. No hay monumentos y los carteles de bienvenida no están porque se sobreentienden. La escenografía se calló de promesas que sus habitantes no puedan cumplir. Hay, pues, lo que hay.


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26.11.10

se va formando la ronda



Me acuerdo de El Bolsón, Río Negro, verano de 2002. Estaba con unos amigos en un cámping cerca del lago. Se alojaban allí pibes y pibas de 18, 20, 24 años. Compartíamos una habitación muy grande. Las camas marineras eran de madera noble.

Afuera del cuarto se había armado un fogón. Cerca de diez personas tocaban y cantaban canciones de Vox Dei y Moris. Había una chica con la voz desgarrada de Janis Joplin.



Montañas lisérgicas, azules, flameadas y violetas conformaban el marco de esa ronda. En ese atardecer duende me curé el daltonismo.

Estoy convencido de que las mejores historias te pasan solo, sin testigos que te recuerden quién sos o, en verdad, cuál es el personaje que te toca jugar.

Cayó la noche y mis amigos se fueron a dormir. Unos pocos nos quedamos sentados en círculo. El vino pasaba y era todo lo agrio que queríamos que fuera. La Balsa, el Mendigo del Dock Sud, los lugares comúnes del rockandroll vernáculo empezaban a colmarme la paciencia. Una tarde psicodélica le había dado paso a una noche color mate.

Vivía épocas agresivas, quería pegar el grito y no sabía cómo hacerlo.

Como suele suceder, el Talacasto pone las cosas en su lugar, abre el hueco, te señala un camino de irrupción.

Rasgueos de cuerdas, susurros contenidos, nenes con barba y nenas con pelusa axilar, tipitos que jugaban a ser hippies.

Janis Joplin detectó el aire espeso y se fue a dormir. Cada vez éramos menos. La primera palabra la dijo un colorado. Una chica sensible se sentó junto a mí y no sé a cuento de qué me mostró su diario íntimo. Lo sentí como una pantomima, un gesto impostado. Mariconadas de gente que sufrió un poquito. “Son para fracasados”, le dije. “¿Qué cosa?”. “Los diarios íntimos”.

El colorado la defendió, la chica se metió para adentro.

Pasaron casi diez años y al recordar la anécdota me siento un imbécil. Hoy estoy seguro de que drenar las penas en dibujos, frases, parrafadas, es una terapia expansiva, un ejercicio de autoafirmación, una palanca de crique al autoestima.

El diario íntimo, señores, pueden ser escaleras al cielo. Dedicarse una hora al día, birome en mano, a garabatear sobre un papel, a crear fantasmas y después matarlos en un cuaderno Rivadavia, es construirse un lugar más habitable. Es hacer la de uno y cagarse en lo que los demás piensen. Ojalá así se lo haya planteado la chica sensible.

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22.11.10

golero


Ser arquero es estar dispuesto a ser fusilado por una pelota de cuero.

El enemigo acecha, y uno lo espera de frente, semiagachado, los ojos grandes de un nene curioso, la mirada seca del que fue decepcionado. El cuello también rígido y la boca sellada.

Una cara que, puesta a elegir, recibiría el impacto en la frente, tal vez en un ojo, incluso sacrificaría la nariz, pero, por el amor de dios, que pegue en cualquier parte y se vaya a la mierda.


Por estas cosas del oficio el arquero tiene algo de mártir. Los compañeros no esperan que la descuelgue de un ángulo sino que se tire de cabeza a trabar la pelota con el delantero. Es sólo en estos momentos cuando lo aplauden hasta los rivales.

El mano a mano, que es la instancia de máximo lucimiento del arquero, proviene de una traición de sus camaradas de equipo, quienes no han hecho lo suficiente para evitar dejarlo en esa posición de desventaja.

Es así que el patrón de la retaguardia tiene que dar la cara: un muñeco puesto a interrumpir el acto creativo ajeno. Su rol es el de atentar contra el deseo de concreción del rival, quien debe hacer rodar una esfera de gajos hasta las entrañas de un arco enorme, de 7,32 metros de ancho por 2,44 metros de alto.

El arquero espera que su defensor se equivoque para tener la oportunidad de salvarle el pellejo. Su oficio es tapar los baches, recibir una palmada en el hombro es el premio.

Ser arquero es sufrir y aprender a disimular el dolor, es generar admiración y compasión en dosis iguales. Es arrancarse la piel de las rodillas para después mostrarlas.

Tejer un reconocimiento pausado, extenso, sin idolatrías o grandes estruendos.

El arquero debe elegir si atajar entre los tres palos que conforman el arco, haciendo lo máximo en el terreno que por reglamento le fue asignado, o bien expandir su jurisdicción y anticipar los problemas fuera del área.

Como el Goyco, el arquero sabe que a las dificultades se las enfrenta con las dos piernas para adelante. Dar rodeos es una forma imposible de abordarlas.

De espaldas a la tribuna, para poder jugar tiene que aprender a hacer a un lado la opinión ajena, sin por eso dejar de actuar como los otros esperan.

Conocer las reglas.

Pegar el grito a tiempo.

Acomodar la barrera.

Ser arquero es leer como nadie el juego, pero practicar otro deporte.