1.10.10

ronco un poco nada más

Un  loco diciendo que no está loco sino confundido. Una piba de 16 que pide temblando otra oportunidad. Un angelito de noche, dibujado, que intuye el fin de la inocencia. La madre que dice perdón me equivoqué. Celos rotos que de un chispazo se confirman. Mis ganas de mezclarte y rajar el pasado. Un estanio en ovillo que pica al soldador.

27.9.10

budista sin buda

Si se arreglara todo con una buseca, me dijo Mauro y reculó

Y yo que nunca confió si de piñatas se trata

Rabioso de salsa, pizza esta vez la salida

Conformo un pequeño grupo zoologista, liberado de mil ismos el pato quiere pensar

"No seremos novios nunca", nunca nos cazaremos, me dijo al rato

Penitencia de neuronas, enredadas en un rincón, sinestesia de rocas, un sifón es Navidad

Y ahora todo se encumbra y Reyes Magos es en verano. Dame murga y muñeco quemado en Colegiales.

Este es tu papel. Estudiátelo, fúmatelo.

Postear de urgencia, salir del paso, hacerme el hueco

Sacudir los frenos

Engranar a los engranados

Corroborar un Scrabble

el hilo baba de envidia se desliza por el Cáucaso

afrontalo como puedas

sabelo, mas, colega, una garita de seguridad no es una trinchera

vestir de azul postizo no te hace

soldado

refulge

una tarde

del adiós largo todo y a la uretra

tengo un marzo enderezado y una pinza de waitán

25.9.10

Berlino #4

Afeado por tópicos de la izquierda universal bienpensante se erige en Berlín el edificio de Tacheles, una galería de arte emplazada en lo que parece ser una casa okupa mimada por el estado alemán. Junto a este bodoque de hormigón desvencijado se ubica un bar donde un cartel invita a identificarse como chileno para obtener un 50 por ciento de descuento en las copas. Me imagino en la barra diciendo "po, güevon, ¿me ponei una cerveza?", pero desisto rápidamente. Paso de Violeta Parra y abomino de la hermandad latinoamericana.

En Tacheles se respira la estética de cambiar el mundo, sea lo que esto signifique. Ni un centímetro de pared libre de graffitis a lo largo de cinco pisos. Los tres pisos de arriba tienen habitaciones con artistas creando y exponiendo, bares con birra barata, mesas de caballetes con aros y chucherías de metal y madera a la venta, olor a humedad y patchouli.


En una de las salas un indígena del Amazonas peruano expone una de sus instalaciones. Un cristo tamaño persona crucificado y unos libros calcinados ocupan uno de los cuartos. También hay unos maíces gigantes. El hombre me cuenta que lo primero es una crítica a la iglesia. Los libros quemados y los maíces (transgénicos), por su parte, ironizan sobre el supuesto progreso de la ciencia. Me pongo a charlar con el artista e interviene una chica catalana, quien le echa en cara que se refiera a tópicos del pasado. El tipo arremete contra los alimentos modificados, la farsa religiosa, nuestra vileza contra los animales, y todo lo que representa el eje del mal. La catalana le dice algo así como que tal vez él esté equivocado, y creo que lo manda a estudiar. La discusión tensa el ambiente. Todo parecía tan hippie y casi se desmadra.

Después, no sé a cuento de qué, ella agrega que los animales también se matan entre sí. Recurso barato pero efectivo. La apoyo en silencio, fervientemente.

Charlo un poco con la catalana, que usa bigotitos y me cuenta que consiguió un hostel mucho más barato que el mío. Vemos pinturas, y ella encuentra simbolismos, ojos, manos con quince dedos. Yo no veo nada más allá de lo que veo. Me siento un insensible. A lo largo de la conversación pica un polvo blanco sobre la palma de su mano derecha. ¡Ja! Es coca, digo para adentro, y sigo mirándole el bozo mientras hablamos, no bajo nunca la cabeza para inspeccionar lo que desmenuza, como si estuviera habituado a este tipo de situaciones. Seguimos con los cuadros, nos metemos en otra sala. Cuando nos disponemos a bajar de piso, se sacude las manos y deja caer el polvo blanco por el hueco de las escaleras. Si yo fuera un personaje de la historieta Condorito, ésta es la parte en que diría: "¡Exijo una explicación!".

En la cuarta planta se nos suma un chileno mala onda que la catalana había conocido el día anterior. No sonríe nunca, me mira de arriba abajo. Creo que se siente más genuino por tener rasgos indígenas. Las mismas facciones que en cualquier aeropuerto europeo restan puntos, entre estas paredes de nenes disconformes y de okupas vocacionales insuflan a su portador aires de autenticidad. Por un momento desearía ser parte de un pueblo originario, así los europeos culposos se solidarizan conmigo. Nos despedimos. Voy a pedirles el Facebook, pero desisto por miedo al abucheo.

Algo bueno se respira en Berlín, es cierto, me lo habían advertido. Es una ciudad pesada de historia pero liviana al mismo tiempo, un lugar para hacer y abrigarse mucho en invierno. Escribir estas notas sentado en el marco de la ventana de un café que está cerrando, del lado de la calle... en cualquier otro lugar me habría sentido un fracasado que lleva su diario íntimo. Acá me siento un bohemio.

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¡Gracias Annnnnnnna por la foto!

16.9.10

Berlino #3

Por más esfuerzo que haga, nunca logré entusiasmarme con la música electrónica, y los DJs siempre me parecieron el tío solterón que pasa música en los cumpleaños. Sé que para gran parte del mundo esto no es asi, y estos tipos tienen más status y glamour que James Brown o Elvis en su apogeo. Sea como fuera, aprendí a ignorarlos o a dejarme llevar por la bola de ruido. Lo novedoso es que en una discoteca de Berlín sentí algo diferente. Por primera vez le vi magia a uno de estos pincha discos. Habrá sido el ambiente, el estar bailando solo y a menos de 100 metros del Muro de Berlín, o puede que hasta haya sido la magia del DJ de turno. Más allá de su destreza para enganchar canciones como si el oyente transitara una autopista con o sin baches, de cuatro carriles o psicodélica -de eso se trata su oficio, ¿no?-, el tipo tenía un gesto en particular que me lo hacía entrañable, con lo difícil que se hace compaginar ese adjetivo con la electrónica. Cada vez que se disponía a scratchear, un segundo antes de acariciar el vinilo, se lamía las yemas de los dedos, como si fuera a pasar las páginas del diario del domingo. Fue entonces que vi en él a mi viejo con los joggings hasta el ombligo, con una mano activando al piberío y con la otra comiéndose su mandarina de la mañana. Humedecidas las yemas.

Berlino #2

Aquí tirado en el pasto, frente al Reichstag, es un momento para abrazarse. Hay una hora de cola para subir a la cúpula del Parlamento y ver los techos de la ciudad. Elijo quedarme en el pasto, después de horas de vagar por la ciudad. Estiro un poco la espalda, me abrigo y desabrigo sucesivas veces, veo la cola que no avanza. No hay otro momento que éste. El sol se va, la gente sigue de pie esperando. Lo que alguna vez ardió en llamas hoy parece no tener historia. Quiero ser como el Reichstag.

15.9.10

Berlino #1

El legado de Hitler es la principal atracción turística de Berlín. El autodenominado fuhrer es el Gaudí de Barcelona, el James Joyce de Dublín. Su búnker, la plaza donde ordenó quemar 20.000 libros escritos por judíos o comunistas -o por judíos comunistas, unas de las combinaciones más peligrosas-, la iconografía de su época, los intentos de asesinato. Todo es Hitler y nazismo. Doce años de historia que se tragaron los 900 restantes.

Escucho un discurso de Himmler a los oficiales de las SS sobre la Solución Final, el plan para asesinar a todos los judíos de Europa, una iniciativa de la que debía hablarse puertas adentro, afirmaba, pero nunca fuera de los límites del partido.

Ustedes me dicen no hay problema, mataremos a todos los judíos. Pero, ¿alguno de ustedes ha visto 100 cadáveres apilados uno detrás del otro? Esto no puede ser una feliz declaración de intenciones. Hay que estar bien firmes, y llevar a cabo un plan. No dejarse ganar por débiles sentimientos humanitarios.

Dos mil cajones desparramados en un plaza

Ayer visité la exposición-homenaje del monumento al genocidio judío en Europa. En una de las salas se detalla la cantidad de judíos asesinados por país. El ránking lo encabeza Polonia, con entre un millón y medio y un millón, seguida del combo Ucrania-Rusia-Belorrusia (un millón) y Alemania (creo que 150 mil). Había algunos testimonios de familias arrasadas. Una con 14 integrantes, de los que sólo dos sobrevivieron, uno de ellos escondido dos años en un sótano. El otro resistió en el campo de concentración.

Me acuerdo de mi abuelo y de mi abuela. Él tenía cerca de 20 años cuando se escapó. Ella menos. No se conocían, se encontraron en Argentina después de exiliarse en el período de entreguerras, seguramente escapándose de los pogroms y del clima hostil de Polonia.

Casi todos los hermanos de mi abuelo fueron asesinados por los nazis. Uno se salvó cuando era trasladado con su mujer y su hijito a un campo de concentración (usaban la palabra traslado, como cuando a uno lo destinan a las oficinas de otra ciudad de una misma empresa). El camión traqueteaba en caminos sinuosos, rodeado de bosques y de otras almas en pena, hacinados camino a no sé dónde pero imposible que fuera peor que el ghetto. Ellos tres olfateaban más desgracia. Ella llevaba un pañuelo en la cabeza y el niño dormitando en sus brazos. Sin manta ni nada. Con ojos secos y tiernos miró al nene, después levantó la cabeza en un gesto señorial, escrutó la cara huesuda -cara de nada- de su novio, y le dijo salvate vos, nosotros vamos a estar bien, mi amor. Él no le creyó, pero le hizo caso. Saltó del camión en movimiento, y se escondió en el bosque.

Por una semana, tierra y remordimiento fueron sus únicas comidas. Luego consiguió una familia que lo escondería hasta el final de la guerra. En algún lugar de América, cuarenta años después, su cuerpo se apagó. La vida, en cambio, se le había terminado hace mucho, entre harapientos y desgraciados, en la caja de un camión donde cientos de personas iban calladas, como en estado de resignación, donde un niño dormido de hambre y un amor que se había olvidado cómo llorar lo despidieron escuetamente o con dignidad, a esa altura daba lo mismo.

Mi abuelo Saúl murió en Buenos Aires, en 1987, cuando yo tenía cuatro años. Casi no tengo recuerdos de él, aunque dicen que me quería mucho y que me ayudó a dejar el chupete. Le había quedado un pasatiempo de su adolescencia en Polonia, país del que aborrecía y al que nunca más regresó. Su hobby consistía en levantar mesas ratonas con los dientes. Ya veo que es difícil tomarle cariño a un país que te dejó eso como legado de juventud.

14.9.10

aunque casi te confieso que también he sido un perro compañero

Después de tanta lección de historia del nazismo vuelvo a mi propio búnker, el personal, el único que realmente cuenta. Regreso a este día a día indefinido, al resguardo, a la espera. Retomo las recetas personales: lasagna precocinada al horno, 55 minutos. Repaso los fideos con tomates en lata. Vuelvo a mi Grooveshark nostálgico. Pienso un poco cómo sería allá, tal vez en 10 días. Me despabilo, sé que no habrá un allá tan pronto, tal vez sí dentro de poco, pero no como para exagerar.

No hay veneno más amargo que el de maldormir una hora la siesta, levantarse es crueldad en estado puro, malhumor, ya lo sabía, una mirada cínica y sin esperanza. Todo al revés. Es mejor salir a respirar. Y el invierno está bajando su pátina de metal.

Irlanda, empezaste a ser mi casa en esta ausencia de quince días.

Y ahora hacés más frío que un julio en Mar del Plata,

Sin los lobos marinos y sin borracheras impostadas,

deliradas y baratas. Sin los cabarulos tristes y la peatonal del centro.

Sin el piso 14 y el cartel de Celusal.

La misma mueca

un casino tristón y con pitucones en los codos del saco

El número 23 de Jordan estallando en pleno, la casa paga y nos vamos a constitución

sin control de alcoholemia y rezándole al amor

La vuelta es siempre gonfia, cuidado la cabeza, beto

ya se hizo tarde y mañana es un día de puerto

hay que pegar la vuelta

28.8.10

Manco

Tuve el blog medio abandonado. Hasta ayer estuve trabajando, durante un mes, en una empresa de localización de videojuegos. Mi rol consistió en testear un jueguito y chequear que esté bien traducido al "español de latinoamérica". Esto es, cambiar los "colega", "tío" y "vosotros" por sus correspondientes mexicanos (que ése era el idioma, nada de español neutro). Cincuenta y ocho horas por semana, todo un récord personal. No creo haber trabajado tanto desde mis picos como free lance en Buenos Aires. Otra vez enfrente de una computadora. En este caso, dos computadoras y una Xbox. A la hora cincuenta de la semana, se confundían los mouses y los teclados. Escribía en uno, y las letras salían en la otra pantalla. A veces me cruzaba de piernas, se me enredaban los pies entre tanto cablerío, y desenchufaba la consola en el momento justo en que el villano hechizaba al héroe. O me levantaba de apuro, trastabillaba con el joystick y se me venía abajo el búnker.

También se me agarrotaban los dedos. Empecé a escribir con tres dedos de la mano izquierda y sólo uno de la derecha, que está perdiendo sensibilidad. Padecimientos tan modernos como el de los nenes con síndrome de déficit de atención. Dalma lo tenía en la Escuela Argentina y por suerte nunca lo diagnosticaron.

Los monitores estaban bien bajitos, o la silla muy alta, la cuestión es que tenía que mirar 45 grados hacia abajo, como hago ahora con la notebook, pero de 10 de la mañana a 8 y media de la noche. La solución fue poner debajo de cada pantalla un libro de 700 páginas que Clinton tenía tirados en casa. Ayer, antes de dejar la empresa, le regalé uno a un compañero italiano. El otro me lo olvidé a propósito. Total, Clinton no los iba a leer. Que se joda, por comprarse libros de 700 páginas.

¿Qué más contar? Los días se me pasaron muy rápido. Salía a las 8.45 de la mañana y caminaba por 35 minutos hasta el tranvía del parque Stephen´s Green. En el camino iba escuchando la radio o unos curso de psicología en inglés que me bajé de Internet. En O´Connell Street me daban el diario gratuito de Dublín, que se parece más a un medio barrial que a un periódico de una capital europea.

Los tranvías acá no tienen más que 4 o 5 vagones, por lo cual, todos los días me tenía que sentar al lado de algún compañero de trabajo. Se complica hacerse el distraído en espacios tan reducidos. De todos modos, con el tiempo desarrollamos un acuerdo tácito con los colegas más asiduos, que se resume en un está bien, yo me voy a sacar los auriculares para hacerle honor a tu presencia, pero dejame leer el diario tranquilo. Y así pasábamos los 20 minutos de viaje hasta la última estación, Sandyford, dejando caer algún que otro comentario sobre la sección de carta de lectores. Veinte minutos más a pie y llegábamos a las oficinas. Esto da un total de dos horas y media de viaje por día. Más las 10 horas de trabajo y la media hora de almuerzo -que no se computa como trabajo, y así te lo hacen saber a fin de mes-, resulta en una vida consagrada al laburo. Luego llegar a casa, bañarse, cocinarse para hoy y para el tupper de mañana. Casi como un sueño peronista. Un poco de Dr. House, y al sobre.

Ayer terminó y fue una gran experiencia. Cancelar el pasaje a Buenos Aires que tenía reservado para el 27 de agosto valió ampliamente la pena. Ahora un poco de vacaciones, y tal vez regrese en menos de un mes. O tal vez me quede. Quién sabe.

8.8.10

How to become a racista

Ya he escrito sobre Clinton y sobre Marite, mis compañeros de piso, y no me parecía relevante hablar del otro ocupante de la casa, simplemente porque no se me ocurrió nada atractivo que contar. No sé si es un problema de mi imaginación o de la poca acción que él propone. Como sea, ahora se fue y dejó su habitación en manos de un sudafricano. Es negro. Digamoslo de una vez y sin eufemismos.

No seré yo el que aclare que no tengo nada contra los negros, aunque por la negativa lo estoy haciendo. Ningún argentino que no esté pleno de odio detesta a los negros. No tiene sentido. Simplemente ahí no tenemos, los mataron a todos hace un siglo, y los pocos que quedaron se fueron a Uruguay. OK, alguno queda por ahí, pero no es una presencia cotidiana, no hay razón para temerles, no hay excusa para odiarlos. La cuestión es que ahora hay un negro en mi realidad, y los prejuicios empiezan a acecharme. Él se encarga de descartar algunos y de generar otros.


Gerard, así se llama el tipo, me llamó por teléfono al segundo día de haberse mudado con nosotros para decirme que se había olvidado la llave y que necesitaba que alguien le abriera. Le dije que no estaba en casa. Cuando le propuse llamar a mis compañeros de piso y averiguar si ellos podrían abrirle, me enredé con el inglés y el tipo se impacientó. "Oh, my god", dijo, mientras se escuchaba la risita de una mina que estaba con él. "Sólo dame sus números", prepoteó, impaciente. Ahí empezó a restar puntos. Yo lo estaba tratando de ayudar, y él me contestaba con soberbia. Así no vamos a llegar a ningún lado.

Tres días después, llamó por teléfono desde su habitación a Marite, mi compañera de piso letona, que estaba en su cuarto a punto de dormirse. Le dijo que gustaba de ella (I like you) y que le gustaría que salieran juntos. La letona se indignó, tan blanquita y rubia ella, tan oscuro él. Se levantó de la cama, y recorrió los dos pasos que separan sus habitaciones para ponerlo en su lugar y tratarlo de desubicado. "No me extraña de gente como él", me contaría dos días después, mientras con una mano sostenía la taza de té y con dos dedos de la otra se acariciaba la piel del brazo. Esta incorreción política es lo que me gusta de la gente ignorante. Cuando te reponés de la indignación que te causa su racismo, te inunda de ternura que no se dé cuenta de lo mal que queda mostrarse tan odioso y limitado. Sea como sea, prefiero escuchar estos comentarios antes que a estudiantes de periodismo que dicen afroamericano o gente de color.

Ni bien pisó Clonmore Road, y como si quisiera quitarse de encima los prejuicios que a veces hay sobre la gente de origen africano, Gerard dejó en claro con palabras y acciones que él es una persona muy limpia. Se pasó todo el día fregando el baño y la cocina (trabajó como un negro, acota mi angelito malvado) hasta dejarlos impecables. Con esa maniobra se ganó un poco nuestra simpatía. Después tiró el colchón donde dormía el irlandés, un pedazo de gomaespuma con olor a whisky exudado al que reemplazó por uno más digno, en línea con el trato que él se esmera en demostrar que merece.

Por culpa de un negro, hoy mi casa es un sitio más habitable. Por gracia de Gerard, cuando un día de éstos Marite me pregunte qué pienso de los niggers, voy a contestarle: "Son todos limpios y arrogantes, y no saben cómo levantarse a una mina".

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7.8.10

Matar al padre

En un momento de indecisión, de temor por todas las opciones que tenía, empecé a soñar con pirarme a Brasil con ella. Yo estudiaría el saxofón, tal vez en la habitación que Helio me iba a prestar en Salvador de Bahía. La foto de esa ciudad en su salvapantallas me cautivó. Simplemente viviría allí, aprendiendo de los brasileños. Y ella compartiría la experiencia conmigo, mientras pondría su amor en los tejidos, la danza o alguna otra forma del arte.

Pero aquí estamos, casi un año después, y las cosas tomaron otro rumbo. Me picó un poco el bichito del sedentarismo, el único estado en el que imagino que puedo desarrollar mis pasiones. Viajando todo es intenso, pero no se desarrolla. Es siempre volver a empezar desde cero. Y lo nuestro con ella, además, partió de la cima y se fue hundiendo. No se desenvolvió. O creció mal, torcido, para adentro.

No más Brasil, no más Irlanda, no más ella. Mueren cosas en mí y nacen las otras. El entusiasmo sigue, y eso es lo bueno.