26.7.10

Desde la biblioteca del shopping

Las bibliotecas públicas en Dublín me ponen muy nervioso. No es el lugar en sí, si no cómo se comporta la gente. Para ellos, generalmente locales, es igual estar acá que en un Mc Donalds. Atienden el teléfono como si estuvieran en la cocina de su casa. Ni una vez susurran o se les escucha decir que los llamen después que ahora están ocupados. Pasa en la biblioteca del centro, pasa en la de mi barrio.

No se vayan a creer que son todos unos rebeldes que van en contra de las disposiciones del lugar. Por el contrario, en ningún lado veo un cartel de prohibido hablar por teléfono o cuchichear. De hecho, los que están detrás del mostrador son los más chillones. Les falta el mate para parecer un empleado público argentino.

Los peores no son los que hablan por teléfono sino los que hacen sus reuniones acá. Se juntan a estudiar e intercambian opiniones a viva voz, como si fuera el bar de la esquina. Estas quejas me hacen parecer un botón, un chivato, un desgraciado, pero es así: son insoportables, se cagan en todos.

Todo esto está compensado, sin embargo, por un habitué de la biblioteca que me cae muy bien. El tipo, de unos 65 años, llega acá con su anotador y su lapicera, y escribe, escribe, escribe. Y es un despelotado. Deja su bolsa de supermercado al costado, sus lápices por todos lados. Le faltaría traerse la cartuchera. Es un poeta amaestrado, no está borracho ni escribe en las plazas. Pero no falta ni un día. Siempre viene acá a contarse a si mismo, por escrito, sus experiencias.

25.7.10

...

Y entonces me pidió que le hiciera un filtro. Y yo, que sólo fumo de prestado, saqué la tarjetita del estomatólogo, arranqué un trozo y se lo pasé. Ella lo enrrolló con una sola mano, dedos índice y pulgar en sintonía. Y lo armó.

Las canciones se volvieron hermosas. El Do, el Sol, rasposos, tan suaves, entonaron el otoño.

Son estas cositas, loco. Son estas cositas. Y las sonrisas que gané en dos años.

Festival en Dun Laoghaire

Ayer fui a un festival en el barrio de Dun Laoghaire, a 20 minutos en tren del centro de Dublín. Tocaban grupos muy raros. Primero, una orquesta de rumanos y moldavos que hacían música balcánica fusionada con todo tipo de géneros. Son los Mahala Raï Banda.

Me gusta cómo la gente de esos lares se maneja en el escenario. Son raros, feos, narigones, tienen acordeones y muchísimos vientos. Producen sonidos chillones que a pesar de todo no alteran la paciencia. Y logran una fiesta con un sabor a bailemos que se acaba el mundo que me hace sentir vivo. Me hizo acordar a las fiestas de la Bubamara de Buenos Aires, aunque en un contexto totalmente diferente. El efecto es el mismo: comunión del público con los músicos y en mí las ganas de alguna vez poder estar arriba del escenario transmitiendo lo mismo.

Después de estos tipos, llegó Khaled, un argelino que estaba anunciado como una estrella del pop internacional. En su país, decía el folleto, su carisma produce el mismo efecto que el que Elvis conseguía en los 50. Me dispuse a ver.



Al principio, su presencia era un poco rara para Irlanda. Con su camisa cuadrillé, su arenga inocente y sus gestos de buena onda, Khaled parecía un peluquero del barrio de Once puesto a competir en la final del programa de Roberto Galán. Ni los que aparentaban conocerlo se mostraban muy entusiasmados. Sin embargo, vencido el primer impacto de aburrimiento -Amaya no pudo-, Khaled empezó a envolvernos con su cadencia. Sus zapatos, su cinturón, sus rulos de resorte. Todo lo que en él conformaba un estilo del que nos burlábamos para nuestros adentros fue expresándose como un arte auténtico, valioso. Después de 40 minutos, hasta las abuelas gaélicas se movían. Avivado por gritos en árabe y banderas de Palestina, Khaleb se ganó al público con su simpatía, y sin saberlo ni expresarlo explícitamente dejó un mensaje de paz. Y yo digo: ¡Viva Khaleb!

22.7.10

ander de carpet

Hace un rato recibí el llamado de un tipo interesado en alquilar mi habitación, y comenzó el operativo esconder la mierda bajo la alfombra. Tiramos a la basura los catorce tubitos de papel higiénico vacíos que estaban desperdigados en el baño, descolgamos la ropa que estaba puesta a secar encima de cada estufa de la casa, sacamos la comida podrida de la heladera y matamos una a una las avispas que acampaban en la cocina. Ahora resta levantar las quince latas de cerveza marca Lidl que se reparten en el living para que mañana comience la función, para efectuar la pantomima de hacerle creer al despistado o despistada que en realidad no somos sucios sino experimentadores. Estamos en otro mundo, loco, no es que seamos roñosos y malvividos.

Cuando yo vine a ver la casa, en enero pasado, la puesta en escena había sido efectiva. Me recibieron dos pibes, uno era profesor de música y el otro un guitarrista aficionado. La visita alimentó en mí el sueño de vivir ahí en un estado lisérgico, rodeado de flores, haciendo música, tocando el saxo y la guitarra. El lugar estaba bien. En mi cabeza giraba la idea de arreglar el cuarto a mi gusto, de ponerlo lindo, vivo, salvaje y de empezar a prepararlo para cuando viniera Chiara. Esta habitación donde hoy pasé seis horas frente a la computadora estaba llamada a ser un espacio pequeño y alegre, compartido y propio. Con olor a sahumerio, transformador. Pero el tiro salió por la culata.

Los pibes, al final, se quedaron una semana. Entendí de golpe que me habían dicho que vivirían acá sólo unos días. Yo había llegado para reemplazar a uno de ellos. La otra habitación era para la refugiada, una mina simpática y bien dispuesta pero que después de trabajar prefiere estar sola en su habitación. El otro tipo, el único estable en el elenco de esta casa, fue, es y será el innombrable, un cultor de la borrachera intrascendente, un campeón del frisbee en el Fairview Park, un mesiánico del reviente en camino directo a la autodestrucción.

Como dije, las cosas salieron distintas. Hice algunas cosas, otras no pude. Se a vida é. Ahora hago lo que no cumplí antes. Adorno mi cuarto, lo pongo a punto, mañana se lo presento en condiciones al desprecavido. Seguramente él también le pondrá sus sueños y deseos. Y eso es lo que, adivino, le hará pasar por alto que la casa se cae a pedazos, que en el patio hay escombros y bolsas de basura podrida, que al inodoro le falta la tapa y que el barrio es todo lo peligroso que puede ser un barrio en Irlanda. Sus ganas lo harán pisar el palito y verá sólo lo positivo.

Eso es lo genial del entusiasmo. Te hace tirarte de cabeza, poner el miedo en stand by, avanzar para todos lados. Si el tipo mañana actuara en forma sensata ni se pensaría el mudarse a esta casa, haría lo que hacemos hacen los sensatos: anticipar, fruncir, pedir garantías. Vivir, en definitiva, con la calculadora en la mano.

Como sea, me queda poco en Clonmore Road. Empezaré a buscar nuevos cuartos. Que es lo mismo que decir nuevos rumbos. Que es como tener ganas e ir para adelante. Hasta que sienta que vale la pena quedarse.

Hasta que realmente quiera quedarme.


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19.7.10

luminarias empolladas en oklahoma, una tarde cualquiera

Perfuman láminas

Los mediodías que dejaron de existir

Como tales

Esa experiencia

Tanto equipaje

Ahora soplo en celo

Una melodía de Kalashnikov

Un trompo automático que no gira, dobla para meter el dedo en los surcos de la herida

En la llaga del destiempo

Y vos, qué haces, allá?

El mar te imanta, y nunca te vi hecha una milanga en la arena

Quién pudiera

Quién lo hubiera permitido

Acá más teclas sin música y sin músico

Melodías de momentos encumbrados por ya no estar

al alcance

de

la

mano

Si supieras adónde ir,

Permitite el desconcierto

Contagiame la chispita

Convidame el confite del deseo

Sacá la cara por los dos y decíles que

en realidad

nos fue

todo

bárbaro

que abusamos de la sonrisa y el baile

que las sorpresas eran moneda de cambio

pero también, no te olvides

deciles que no quisimos estallar en mil pedazos

temimos ser felices

y ahora nos duele todo

a mí también.

11.7.10

la ronda

Los tipos están bailando. Flexionan una pierna, levantan la rodilla. Y patean.

Ahí va.

Giran perdidos en la noche,

Son 6 o 7. Hoy no conocen lo que es perder la paciencia.

Lo que es desayunar vestidos en sus batas. En jardines prestados por

panzones

Hoy el más alto de ellos descubrió la anarquía. Y ahora no puede parar. No sabrá lo que es parar.

desconocen el silencio. Ahora se están inundando de golpe, de a ratos, para siempre.

Al más alto se le sueltan las lágrimas. Traicionarse lo conmueve. Sabe que sabrá lo que es un buen abrazo.

Y se quema por dentro.

Encendido.

23.6.10

Dos orejas bien grandes

Estas semanas Dublín está genial. Clima soleado sin calor insoportable, luz hasta las 10 y media, 11 de la noche. Por cierto, no hay nada que me guste más que las caminatas perdidas con Chiara, hacia ninguna parte. Salimos 9.30, 10 de la noche, y volvemos justito antes de que se haga de noche. Somos como vecinos de toda la vida que salen a recorrer el terreno, hacemos del canal mugroso una playa espléndida. Y hablamos, hablamos, hablamos: del futuro, del ahora, un poquito del pasado juntos que es Barcelona. Ella sí que sabe escuchar.

21.6.10

Salgan al sol... Revienten!

Mi vida oscila entre el estar en una oficina tecleando y estar en mi casa tecleando. Cuando estoy en la oficina, leo blogs, libros, relatos, y siento que estoy perdiendo el tiempo, que debería estar explorando el mundo, viajando en una combi o haciendo la del paria desde mi habitación. Cuando hago la del paria, sueño con volver a la máquina de café de la oficina: planeo especializarme, volverme experto para regresar a la oficina.

Estudiar; ésa es otra de mis seguridades. Especializarse, estudiar: en definitiva, aprender el libreto, encorsetar la experiencia; como si fuera posible minimizar la hecatombe.

Creo que la profesión de músico sintetiza el estudiar y el salir al mundo. Momento de reflexión, de repetir y memorizar, de cranear, de volar un poquito. Y momento de salir al sol, de exhibirse, de ejecutar.



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18.6.10

Asta aquí llegue -cuak!-

Asta es el peor jefe que alguna vez tuve en mi vida. Lituana, rubia, buen culo (perdón, Chiara), tiene un gesto de desprecio que rara vez en el día le hace espacio a la sonrisa. Es de esa gente que cuando habla casi no abre la boca, yo creo que tiene vergüenza de prestarte atención, de mostrarse comprensiva, de asentir con una sonrisa.

Mi antídoto, cuando me hace quedar mal frente a los clientes, es putearla en voz muy bajita, en la jerga más porteña que se me ocurra: andate a la puta que te pario, le puedo decir a esta lituana, en un lugar donde trabajan filipinos, letones, sudafricanos, donde nadie reconocería mi insulto si no pongo cara de odio.

Cada vez que trata mal a un cliente me hace sentir bien porque expone su desgracia. Me alivia no sentirme su único blanco (es que no hay un único blanco).

Su hostilidad alimenta una fantasía: un día entra un cliente, le pregunta si puede cambiar el chocolate orange marzipan que acaba de comprar por un orange crunch. Asta enloquece, se muerde los labios, achina los ojos, resopla y le contesta mal. Puede responderle algo como: "no se puede, la próxima vez prestá más atención". Entonces el comprador, enojado por la mala onda, le pide hablar con su supervisor. Ella le dice que él no está, que si quiere tiene el libro de quejas a su disposición. El cliente, que no cree en estas cosas, le escupe en la cara, sin más. No conforme, mete el dedo en el bombón orange marzipan, saca un poco de esa bola golosa y se la mete dentro de la nariz. El local está lleno y todos los empleados vemos la escena. Ninguno de nosotros la defiende. En ese momento todos somos el cliente.

Asta llora. Se desarma en lágrimas. Donde todos esperábamos más agresividad, encontramos su lado verdadero. El velo se descorre y aparece toda su angustia. Las peleas con sus novios, el papá ausente, su ilusión de ser alguien, la vez que le dijeron que no servía para nada. Todo eso aparece ahí, en un estallido. Asta no sabe cómo manejar la situación. Sale del local corriendo. Por una semana no se sabe nada más de ella. La empresa le abre un expediente disciplinario.

Mientras planea una vuelta decorosa, se la pasa encerrada en su cuarto. No está bien, sufre la situación pero se da cuenta de que necesitaba pasar por ese trance. Empieza a escribir lo que le pasa, lo que recuerda de cuando era chica, pone en el papel lo que sentía en la escuela primaria cuando sus compañeritos le decían "La Momia" por esa incapacidad expresiva, por esa falta de sonrisas. Rememora la escena del muelle de su pueblo en que su tío le dijo que en su familia nadie salía de pescador, que era en vano intentarlo. Revive el sentirse condenada.

Ni bien recupera el instinto vuelve de su autoexilio. Está a la vista que ha recibido un baño de humildad. Habla poco, agradece, ya no regaña a nadie. El cliente no vuelve más. A los seis meses de reincorporarse, Asta regresa a su pueblo. Se compra un sahumerio, intenta una vez más leer aquel libro que se compró hace dos años. Y empieza a investigarse. Finalmente, se casa con un primo.

Todo esto, claro, no pasó y es improbable que alguna vez suceda. Lo único cierto es que a la tercera semana de trabajar vendiendo café y chocolates en un local paquete de Dublín me cansé de ella, que si bien es la mano derecha del jefe es la que ejerció el mando durante todo este tiempo. Trabajo este fin de semana y termino. Asta seguirá ahí, seguramente muchos años más. Ojalá que afloje. Puede que la vida le tenga reservada una sorpresa.

15.6.10

cuando un hombre se encuentra encerrado en una caja, empieza a decorar esa caja

Me gusta creer que nada es definitorio. Que nos podemos mandar cagadas, tibiezas e inconsistencias, no importa la edad que tengamos. Que siempre hay algo de tiempo que perder. Que arrepentirse, además de inútil, es cobarde.

Siento que la música siempre pone las cosas en su lugar. Inhibe -más bien los desestima- todos los razonamientos que tejemos en torno a nuestras ideas, a nuestras decisiones, a nuestros miedos. Y te dice: tranquilo, es más fácil, es mucho más fácil. Si al final, no tenés por qué ser tan importante.

Hay gente que vive echándole la culpa de su existencia a los padres, al entorno, a la genética o a la mala suerte. Hacerse responsable es mucho más difícil. Pero cuando lo descubrís, todo se relaja, ampliás la mirada, te volvés más cariñoso. La culpa cede. Y con ella la vergüenza se disuelve de a poco.

Lo mejor es escaparle al enredo. Evitar el diccionario. Fluir para todos lados. Con huevo, haciéndose cargo, sin todas las voces hablando al mismo tiempo.

Con el tiempo nos ponemos cada vez mejor para escuchar a Spinetta. Mati ya lo sabía en la secundaria.